El niño que quería ver un Angel

Les compartir hermoso cuento para leer junto a nuestro niño interior ..!!

Historia de un Ángel de la Guarda
El niño que quería ver un Angel
___

Por Jacqueline Balcells

Todo niño tiene un ángel que se llama
igual que él y que lo cuida mañana, tarde
y noche. Son los ángeles de la guarda
que no comen, ni duermen, ni descansan
nunca. Pero ciertas noches de verano,
cuando sus niños están durmiendo muy
cansados y tranquilos, sus ángeles salen
de puntillas de su pieza y salen a juntarse
en el árbol más grande del vecindario. Y
allí, reunidos a la luz de las estrellas como
una bandada de pájaros nocturnos y trans-
parentes, se cuentan unos a otros las maravi-
llas, alegrías y desastres de sus niños. Como
tienen el oído finísimo, cada ángel oye respirar
a su ahijado aunque éste duerma a cuatro
cuadras de distancia; y si alguna pesadilla o
algún dolor lo despierta, el ángel de la guarda
vuelve a su lado en un suspiro.
Los ángeles adoran al niño o niña que Dios
les confió, aunque sea feo o bonito, bueno,
egoísta o mentiroso. Y aunque con su mirada
de ángel nunca dejan de darse cuenta de las
debilidades de su ahijado, siempre encuen-
tran algo bueno, único y precioso que sólo
tiene su niño y que comentan en sus juntas
nocturnas sobre los árboles.
Así, una noche estrellada, uno de los treinta
y tres ángeles de la guarda posado en la copa
del árbol más alto del barrio, contó la historia
del niño que quería ver a su ángel.
–Simón, mi ahijado –comenzó diciendo el
ángel- es un niño que no se parece a ningún
otro niño. Cuando su mamá le enseñó por pri-
mera vez esa oración que nuestros ahijados
nos rezan en la noche y que empieza “Angel
de mi guarda, dulce compañía…” mi Simón la
abrumó a preguntas:
–¿Dónde está mi ángel, mamá? ¿Por qué
no lo veo? ¿Tiene alas como los pájaros o
manos como nosotros? Y cuando yo corro,
¿vuela para seguirme? ¿Y cuándo duermo, se
pone a dormir también o sólo me cuida?
–Sé que todos los niños hacen ese tipo
de preguntas –siguió el ángel de Simón–, y
sé que los padres contestan con respuestas
vagas que al poco tiempo se olvidan. Pero mi ahijado no. El siguió
preguntando y pre-
guntando a tal punto,
que su mamá, des-
esperada, acabó por
prohibirle que men-
cionara mi nombre.
–No sé más… ¡Me
vas a volver loca!
–¡Pero es que yo tengo
que saber cómo es! –insistió Simón.
–Sé bueno y lo sabrás- respondió ella,
para que la dejara tranquila.
–Si soy muy bueno, ¡¡¿podré verlo?!!!
–gritó Simón.
Y su madre, sin pensar en las consecuen-
cias, respondió:
–Sí, si eres muy bueno podrás verlo.
Desde ese día Simón cambió por com-
pleto. De egoísta que era, se puso generoso.
Sus juguetes, que antes guardaba cuidado-
samente y no se los prestaba a nadie, ahora
estaban desparramados por toda la casa
como si fueran de sus hermanos menores; de
rabioso que era, se puso manso; en la casa no
volvió a gritarle a nadie y de flojo que era se
puso estudioso.
¿Pero creerán, hermanos ángeles, que
yo no estaba contento con los cambios de
Simón, sino que me asustaban? Porque Simón
se portaba así de bien, no porque quisiera ser
de verdad ser bueno, sino porque calculaba
que portándose bien yo me sentiría obligado
a mostrarme.
–Ángel: ¿viste cómo Juan me empujó a
la salida del colegio y yo no le pegué? –me
preguntaba en la noche antes de dormirse–,
¿No te parece que estoy más bueno? ¿Cuándo
te voy a ver?
Luego se ponía a escudriñar todos los
rincones de la pieza como si yo estuviera
jugando a las escondidas. Y como no me veía,
cada día se proponía ser aún más bueno y
leer el libro latoso que le había recomendado
la profesora y ayudar a su mamá a ordenar la
casa.
Y pasó al fin lo que tenía que pasar. Sus
compañeros se aburrieron de él y le dijeron
que era un tonto que no sabía defenderse; los
profesores dejaron de interrogarlo cansados
de que siempre supiera el doble que los
otros; sus hermanos perdieron interés en sus
juguetes. Simón se fue poniendo triste, perdió
el apetito, enflaqueció y finalmente cayó en
cama, enfermo.
Entonces, hermanos ángeles –siguió
contando– mi compasión por mi pobre
ahijado fue tan grande que decidí hacer lo
que casi nunca hacemos: subir a conversar
con nuestro jefe Gabriel. Y cuando llegó la
noche y Simón se quedó dormido, salí de su
pieza y crucé el cielo de los cóndores, crucé
el cielo de las nubes más altas, crucé el cielo
de la luna y de las estrellas, crucé la costa de
chispas y llegué hasta la torre de rayos que
ustedes conocen. Entré, subí por la escalera
de los relámpagos y llegué ante el trono de
don Gabriel.
–¿A qué has venido? –me preguntó,
mirándome con los soles brillantes de sus
ojos–. ¿Acaso tu ahijado ha dejado de vivir en
la tierra y tu guardia llegó a su fin?
–¡No, no señor! Mi ahijado vive todavía,
pero está muy mal. Es por eso que he venido
a pedirte permiso para aparecerme ante él…
Don Gabriel se quedó mirándome, como
si no entendiera lo que había venido a pedirle,
pero había entendido muy bien, porque luego
de un rato, que se me hizo eterno, me dijo: –¡No, querido ángel! ¡Nada de apariciones!
Lo siento mucho. Vas a tener que descubrir
algún modo completamente natural de ayu-
darlo, para que nadie pueda ni siquiera sos-
pechar que lo ayudaste.
Al oír esto, mi desaliento fue tan grande
que hasta mis alas se opacaron. ¿Cómo iba a
ayudar a un niño enfermo de ganas de verme
si no me permitían aparecer ante él?
Me quedé ahí con la cabeza agachada y
en silencio ante el trono de nuestro jefe, hasta
que se compadeció de mí y me dijo:
–¡Ánimo, ángel! Tu ahijado Simón es un
caso raro, pero han existido algunos aún más
raros en la larga historia humana. ¿Por qué no
vas a consultar a los ángeles de los muertos?
Más de uno debe haber pasado lo mismo
que tú.
No bien lo escuché, di media vuelta y
partí. Había recobrado la
esperanza, la luz y la
fuerza de mis alas, y
seguí camino hasta
el monte radiante
donde van a reu-
nirse los ángeles
cuando sus ahijados
mueren. Y allí, entre
más chispas y cente-
llas, me encontré con
millones de hermanos que reu-
nidos igual que nosotros treinta y tres en este
árbol, conversaban sobre las penas y alegrías
con los ahijados que les tocó cuidar durante
su vida en la Tierra. Allí escuché a los ángeles
de San Francisco y Santa Teresa aconsejando
a los ángeles de Judas y de Pilatos cómo
preparar su defensa ante Dios; vi también
al ángel de Napoleón conversando con el
ángel de doña Victorita, la dueña del kiosco
de esta plaza que acaba de morir; al ángel
de Beethoven con el de John Lennon y al de
Picasso con el de Gabriela Mistral. Pero como
a mí me faltaba la pluma de oro que llevan
los ángeles de los muertos, en un momento
la infinita multitud reunida allí en la punta de
luz hizo silencio y se quedó mirándome ama-
blemente. Entonces, en pocas palabras, me
apresuré en exponer el drama de mi Simón
y pedí la ayuda de alguno que hubiera tenido
un ahijado semejante.
Los millones de ángeles se miraron; luego
diez mil dieron un paso adelante; después
cien avanzaron otro poco; finalmente diez
quedaron frente a mí y se miraron; y el último
paso hacia donde yo estaba lo dio un solo
ángel. Era alto y calvo, de ojos penetrantes,
una enorme barba blanca y unas alas con un
toque de rojo italiano en sus plumas.
–Mi ahijado –comenzó– vivió en la tierra
hace unos cinco siglos y sus ansias por verme
eran muy parecidas a las del tuyo. Y creyendo
equivocadamente que le bastaba con ser más
bueno para poderme ver, no sólo se dejaba
maltratar por sus pequeños amigos, sino que
hacía sacrificios como caminar a pie pelado
por un campo de ortigas hasta que se lle-
naba de heridas o sobre la nieve hasta que
se ponía azul de frío. Y noche tras noche me
preguntaba: “¿No soy bueno, acaso? ¿Cuándo
te veré? ¡Quiero verte, quiero verte!” Entonces
yo, desesperado igual que tú, pedí permiso a
don Gabriel para mostrarme. Pero también
me lo negó. Volví a la tierra, desilusionado,
pero no vencido. Y pensé y pensé con verda-
dera furia hasta que encontré una manera. Y
un día, después de un fuerte temporal, cuando
mi niño estaba solo en el patio de muros de
adobe de su casa, me puse a soplar la gran
pared que estaba empapada por la lluvia.
Donde yo soplaba, el barro de la superficie
se secaba y aparecía una mancha más clara.
Y soplando por aquí y por allá, fui dejando
solamente algunas partes húmedas, las que
vistas desde el lugar donde estaba sentado mi ahijado formaron una silueta de un hombre
con dos inmensas alas oscuras. Luego di un
brinco hasta el cielo, soplé las nubes, se abrió
un claro azul y los rayos del sol cayeron e ilu-
minaron la figura del muro. Mi ahijado levantó
la vista, abrió desmesuradamente los ojos y
comenzó a gritar: “¡El ángel, el ángel!” Toda la
familia salió al patio, alarmada por sus gritos,
pero ya las manchas húmedas del muro se
iban evaporando y nadie alcanzó a distinguir
la figura alada. Sus padres los atribuyeron a la
imaginación, los hermanos se burlaron y los
primos le dijeron que era un loco. Pero ese fue
su remedio, porque sin importarle lo que le
decían, desde ese día se dedicó con increíble
perseverancia a pintar el muro trasero del
patio para rehacer el ángel que ciertamente
había visto. Nunca más me interrogó ni trató
de hacerme aparecer con sacrificios, pero
con sus óleos y pinceles me hizo aparecer
muchas veces a lo largo de su vida. ¡Fue un
gran artista mi ahijado Leonardo de Vinci!
Esa fue la historia que me contó Leonardo,
el ángel calvo con alas de aire italiano. Y
apenas terminó su relato, una idea brilló en
mi cabeza. Me despedí con tres besos que
sonaron a música y partí volando monte
abajo. Crucé otra vez la costa de chispas,
descendí entre estrellas y atravesé las nubes
hasta llegar junto al rostro flaco y pálido de
mi ahijado dormido. Y por primera vez en
mucho tiempo sonreí junto a él: ¡al fin tenía
un remedio!
Los treinta y dos ángeles que
lo escuchaban posados en el
árbol ni se movían, tan atentos
estaban al relato. Entonces el
ángel de la guarda de Simón,
igual que si fuera un mago,
hizo aparecer entre sus alas
un enorme cuaderno que se
elevó agitando sus hojas por
el aire, hasta quedar posado
en la punta del árbol.
–Este cuaderno, que les
mostraré, lleva un impor-
tante título –dijo entre
tímido y orgulloso– y en él
podrán apreciar el final de
mi historia.
Los ángeles se miraron
entre sí, un poco perplejos.
–Pero ¿tu niño se mejoró?
–preguntó uno.
–¿Ya no te pide verte?
–siguió otro.
–¿Soplaste un muro
húmedo, como Leonardo? –Les voy a contar lo que sucedió: mi
niño estaba enfermo en cama, y en el lugar
no había muros de barro ni lluvia, como en
el caso de Leonardo. ¡No se me ocurría qué
hacer! Hasta que una mañana, al ver la ban-
deja blanca en que la mamá de Simón traía
el desayuno, se me ocurrió que la bandeja
podía hacer de muro y la leche con choco-
late de lluvia. Esperé que la mamá saliera de la
pieza y cuando mi niño, después de haberse
comido una tostada con miel se llevó el tazón
a los labios para beber el primer sorbo, rocé
su nariz con un aire del grosor de una pelusa.
Instantáneamente, Simón estornudó y un
chorro del líquido se derramó sobre la ban-
deja blanca. Entonces yo, más rápido que el
rayo, fui soplando de aquí para allá hasta que
la leche fue formando una figura con alas
color chocolate. Mi ahijado miró la bandeja,
abrió mucho los ojos y un poco la boca, se
puso más pálido de lo que ya estaba y gritó
con todas sus fuerzas: “ ¡Mamáaa: mi ángel,
este es mi ángel!” Pero en su excitación dobló
una pierna, la bandeja se movió y el líquido
corrió hasta el borde. Cuando su mamá y
hermanos, asustados por los gritos, llegaron
a la pieza, del ángel no quedaba más que una
sombra oscura sobre el cubrecamas. Demás
está decirles que sus hermanos se rieron de
él y la mamá lo retó por haber derramado la
leche y además gritar como un loco, asus-
tándola. Pero cuando al día siguiente lo sor-
prendió dibujando en la bandeja con el dedo
untado en el tazón del desayuno, en vez de
retarlo fue y le compró un cuaderno y lápices.
Fue así cómo mi ahijado comenzó a pintar y
el ánimo volvió a su vida.
Los treinta y dos ángeles sonrieron: la
historia los había llenado de alegría, aunque
luego de un rato uno preguntó:
–Pero… ¿cómo puedes estar seguro de
que sanó? ¿Cómo sabes que no te a volver a
pedir que te aparezcas?
–Estoy seguro de que sanó: se lo pasa feliz
dibujando y en las noches ya no me pregunta
si es bueno, sólo le interesa saber si es buen
pintor. Miren esto…
Y volvió a abrir el cuaderno de Simón.
Pasó rápidamente unas hojas con borrones
color chocolate y otras con unas figuras tor-
cidas, hasta llegar a una página donde había
un dibujo casi perfecto.
–¡Ohhhh! –exclamaron todos en un coro
de voces puras–. ¡¡¡Que maravillaaa!!!
–¡Es precioso!
–De verdad, tu ahijado sanó…
–¡Sí! –dijo Víctor– enrojeciendo hasta sus
alas de puro contento.
Bajo el título “MI ANJEL DE LA HUARDA”,
había dibujado, tan bien que parecía vivo, un
colorido pájaro, parecido a un queltehue, con
las alas desplegadas.

#centroholisticoangelguardian

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